Correos y
Telecomunicaciones
Julio Cortázar
Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, nos
arreglamos para que nombrase a buena parte de la familia en la
sucursal de Correos de la calle Serrano. Duró poco, eso
sí. De los tres días que estuvimos, dos los pasamos
atendiendo al público con una celeridad extraordinaria que nos
valió la sorprendida visita de un inspector del Correo Central y
un suelto laudatorio en La Razón. Al tercer día
estábamos seguros de nuestra popularidad, pues la gente ya
venía de otros barrios a despachar su correspondencia y a hacer
giros a Purmamarca y a otros lugares igualmente absurdos.
Entonces mi tío el mayor dio piedra libre, y la familia empezó
a atender con arreglo a sus principios y predilecciones. En
la ventanilla de franqueo, mi hermana la segunda obsequiaba un
globo de colores a cada comprador de estampillas. La
primera en recibir su globo fue una señora gorda que se quedó
como clavada, con el globo en la mano y la estampilla de un peso
ya humedecida que se le iba enroscando poco a poco en el
dedo. Un joven melenudo se negó de plano a recibir su
globo, y mi hermana lo amonestó severamente mientras en la cola
de la ventanilla empezaban a suscitarse opiniones
encontradas. Al lado, varios provincianos empeñados en
girar insensatamente parte de sus salarios a los familiares
lejanos, recibían con algún asombro vasitos de grapa y de
cuando en cuando una empanada de carne, todo esto a cargo de mi
padre que además les recitaba a gritos los mejores consejos del
viejo Vizcacha. Entre tanto mis hermanos, a cargo de la
ventanilla de encomiendas, las untaban con alquitrán y las
metían en un balde lleno de plumas. Luego las presentaban
al estupefacto expedidor y le hacían notar con cuánta alegría
serían recibidos los paquetes así mejorados. «Sin piolín a la
vista», decían. «Sin el lacre tan vulgar, y con el nombre del
destinatario que parece que va metido debajo del ala de un cisne,
fíjese». No todos se mostraban encantados, hay que ser
sincero.
Cuando los mirones y la policía invadieron el local, mi madre
cerró el acto de la manera más hermosa, haciendo volar sobre el
público una multitud de flechitas de colores fabricadas con los
formularios de los telegramas, giros y cartas certificadas.
Cantamos el himno nacional y nos retiramos en buen orden; vi
llorar a una nena que había quedado tercera en la cola de
franqueo y sabía que ya era tarde para que le dieran un globo.