-¿Sabes Austin -dijo Villiers, mientras ambos amigos paseaban serenamente a lo largo de Picadilly una agradable mañana de mayo- sabes que estoy convencido que lo que me contaste acerca de Paul Street y de los Herberts es un mero episodio de una historia extraordinaria? Además, debo cofesarte que cuando te pregunté por Herbert hace unos meses atrás, recién me lo había encontrado.
-¿Lo habías visto? ¿Dónde?
-Me pidió limosna una noche en la calle. Se encontraba en la condición más lamentable, pero reconocí al hombre y lo tuve contándome su historia, o por lo menos un esbozo de ella. En resumen, llegó a lo siguiente: había sido arruinado por su mujer.
-¿De qué forma?
-No me lo dijo; sólo dijo que ella lo había destruido, en cuerpo y alma. El hombre está muerto ahora.
-¿Y que fue de su mujer?
-Ah, eso es lo que me gustaría saber, y pretendo encontrarla tarde o temprano. Conozco a un hombre llamado Clarke, un tipo seco, de hecho, un hombre de negocios, pero suficientemente despierto. Tú comprendes a lo que me refiero, no despierto en el mero sentido comercial de la palabra, sino que un hombre que realmente sabe algo acerca del hombre y la vida. Bueno, le expuse el caso y realmente se impresionó. Dijo que necesitaba ser considerado y me pidió que volviera en el transcurso de una semana. Pocos días después, recibí esta extraordinaria carta.
Austin tomó el sobre, extrajo la carta y leyó con curiosidad. Decía lo siguiente:
"MI QUERIDO VILLIERS, he pensado en el caso sobre el cual me consultaste la otra noche, y mi consejo es el siguiente. Arroja el retrato al fuego, borra la historia de tu mente. Nunca le dediques otro pensamiento, Villiers, o te arrepentirás. Pensarás, sin duda, que poseo alguna información secreta, y hasta cierto punto ese es el caso. Pero sólo conozco un poco; sólo soy como un viajero que ha atisbado sobre el abismo y se ha retirado con horror. Lo que sé, es suficientemente extraño y terrible, sin embargo, más allá de mi conocimiento hay profundidades y horrores aún más espantosos, más increíbles que cualquier cuento narrado una noche de invierno junto al fuego. He resuelto no explorar ni un ápice más allá, y nada conmoverá tal resolución, y si valoras tu felicidad tomarás la misma determinación.
Ven a verme de todos modos; pero hablaremos de temas más alegres que éste.
Austin dobló metódicamente la carta, y se la devolvió a Villiers.
-Ciertamente es una carta particular -dijo- ¿a qué se refiere el hombre con el retrato?
-¡Oh! Había olvidado mencionar que estuve en Paul Street e hice un descubrimiento.
Villiers relató su historia como lo había hecho con Clarke, miestras Austin escuchaba en silencio. Parecía intrigado.
-¡Qué curioso que experimentaras una sensación tan desagradable en aquella habitación! -dijo finalmente-. Difícilmente creo que haya sido una mera cuestión de la imaginación; en resumen, un sentimiento de repulsión.
-No. Era más físico que mental. Era como si en cada inhalación, respirara alguna emanación mortífera, que parecía penetrar en cada nervio, hueso y tendón de mi cuerpo. Me sentí tironeado de pies a cabeza, mis ojos comenzaron a oscurecerse, fue como la entrada a la muerte.
-Sí, sí, realmente muy extraño. Como ves, tu amigo confesó que hay una historia muy oscura conectada con esta mujer. ¿Percibiste alguna emoción particular en él cuando le relatabas tu experiencia?
-Sí. Se puso muy débil, pero me aseguró que no era más que un ataque pasajero de los cuales era objeto.
-¿Le creíste?
-En el momento lo hice, pero ahora no. Escuchó lo que yo tenía que decir con bastante indiferencia, hasta que le mostré el retrato. Entonces fue cuando el ataque del que hablo le sobrevino. Te aseguro que lucía cadavérico.
-Entonces debe haber visto a la mujer alguna vez. Sin embargo, puede haber otra explicación; puede haber sido el nombre y no el rostro, el que le era familiar. ¿Qué crees tú?
-No podría decírtelo. Hasta donde creo, fue luego de voltear el retrato en su mano que casí se cae de la silla. El nombre, como sabes, estaba escrito en la parte de atrás.
-¡Correcto! Después de todo, es imposible llegar a una conclusión en un caso como este. Odio el melodrama, y nada me choca más que la trivialidad y el tedio de las historias comerciales de fantasmas; pero Villiers,realmente parece que hay algo muy extraño en en fondo de todo esto.
Sin darse cuenta, los dos hombres habían doblado por Ashley Street, dirigiéndose al norte de Picadilly. Era una calle larga, y más bien sombría, mas aquí y allá, un gusto más brillante había iluminado las oscuras casas con flores, y cortinas alegres, y una agradable pintura en las puertas. Villiers observaba al tiempo que Austín terminaba de hablar, y miró una de aquellas casas; de cada alféizar colgaban geranios, rojos y blancos y cada ventana estaba cubierta con cortinas de color narciso.
-Se ve alegre, ¿no te parece? -dijo.
-Sí, y el interior es aún más alegre. Una de las casas más agradables de la temporada, así he oído. Yo mismo no he estado allí, pero he conocido a varios hombres que sí lo han hecho, y me cuentan que es notablemente jovial.
- ¿De quién es la casa?
-De una tal señorita Beaumont.
-¿Y quién es ella?
-No sabría decirte. He escuchado que viene de Sud América, pero después de todo, quién es ella es de poca importancia. Es una mujer muy rica, no cabe duda de ello, y algunas de las personas más distinguidas se han asociado con ella. He escuchado que posee un claret espléndido, un vino verdaderamente maravilloso, que debe haberle costado una suma fabulosa. Lord Argentine me estaba contando al respecto; estuvo allí la tarde del domingo pasado. Me ha asegurado que nunca había probado un vino como ese y, como sabes, Argentine es un experto. A propósito, eso me recuerda, debe ser una mujer del tipo singular, esta señora Beaumont. Argentine le preguntó acerca de la antiguedad del vino y, ¿qué crees que le respondió?. "Al rededor de unos mil años, creo". Lord Argentine pensó que lo estaba engañando, tú sabes, pero cuando se río ella le dijo que hablaba totalmente en serio y le ofreció mostrarle la jarra. Por supuesto que luego de eso no pudo decir nada más; pero me parece algo anticuado para una bebida, ¿no te parece? Bueno, ya llegamos a mis habitaciones. ¿Quieres pasar?
-Gracias, creo que lo haré. No he visto la tienda de curiosidades hace un buen tiempo.
Era una habitación ricamente amoblada, aunque extravagantemente, donde cada jarrón, armario y mesa, y cada alfombra, jarra y ornamento parecían ser una cosa aparte, preservando cada una su propia individualidad.
-¿Algo fresco últimamente? -dijo Villiers luego de un rato.
-No; creo que no. ¿Ya viste esos cántaros extraños, no es cierto? Me lo imaginaba. No creo haberme topado con nada durante las últimas semanas.
Austin examinó la pieza de aparador en aparador, de estante a estante, en busca de alguna nueva rareza. Finalmente, sus ojos se posaron sobre un extraño cofre, agradable y exquisitamente tallado, que se encontraba en una oscura esquina del cuarto.
-Ah -dijo- lo estaba olvidando, tengo algo que mostrarte. Austin abrió el cofre, extrajo un grueso volumen empastado, lo dejó sobre la mesa, y retomó el cigarro que había dejado a un lado.
-Villiers, ¿conociste a Arthur Meyrick, el pintor?
-Algo. Lo vi una o dos veces en la casa de un amigo mío. ¿Qué ha sido de él? No he escuchado la mención de su nombre por algún tiempo.
-Murió.
-¡Díos mío! Tan joven, ¿verdad?
-Si, tenía sólo treinta cuando murió.
-¿De qué falleció?
-No lo sé. Era un íntimo amigo mío, y un tipo realmente bueno. Acostumbraba a venir y hablar conmigo durante horas, era uno de los mejores conversadores que he conocido. Incluso podía hablar de la pintura, y eso es más de lo que se puede decir de la mayoría de los pintores. Hace aproximadamente dieciocho meses comenzó a sentirse estresado, y en parte siguiendo mi consejo, se embarcó en una especie de expedición errante, sin un final ni un objetivo muy definidos. Me parece que Nueva York sería uno de sus primeros puertos, pero nunca supe de él. Hace tres meses recibí este libro, acompañado de una cortés nota de un doctor inglés trabajando en Buenos Aires, afirmando que había atendido al fallecido señor Meyrick durante su enfermedad, y que el difunto había expresado el intenso deseo de que el paquete sellado debía serme enviado luego de su muerte. Eso era todo.
-¿Y no escribiste para pedir nuevos pormenores?
-He pensado en hacerlo. ¿Tú me aconsejarías escribirle al doctor?
-Ciertamente. ¿Y el libro?
-Estaba sellado cuando lo recibí. No creo que el doctor lo haya mirado.
-¿No es algo muy extraño? ¿Era Meyrick un coleccionista?
-No, no lo creo, difícilmente un coleccionista. Dime, ¿qué es lo que piensas de estas vasijas Ainu?
-Son singulares, pero me gustan. Pero, ¿no me vas a mostrar el legado del pobre Meyrick?
-Si. Sí, por cierto. Lo que sucede es que es un objeto bastante peculiar y no se lo he mostrado a nedie. Si yo fuera tú, no diría nada al respecto. Aqui está.
Villiers cogió el libro y lo abrió a azar.
-No es un volumen impreso, entonces -dijo.
-No. Es una colección de dibujos en blanco y negro hechos por mi pobre amigo Meyrick.
Villiers dio vuelta la primera página, estaba en blanco; la segunda llevaba una pequeña inscripción que decía:
"Silet per diem universus, nec sine horror secretus est; lucet mocturnis ignibus, chorus Aeipanum undique personatur: audiuntur et cantus tibiarum, et tinnitus cymbalorum per oram maritimam".
En la tercera página había un diseño que sobresaltó a Villiers y miró imediatamente a Austin; éste miraba abstraidamente por la ventana. Villiers volteó página tras página, absorto, a pesar de sí mismo, en las epantosas Noches de Walpurgis de la maldad, una maldad extraña y monstrousa, que el artista había plasmado en duro blanco y negro. Las figuras de Faunos, Sátiros y Aegipos bailaban frente a sus ojos, la oscuridad de la espesura, la danza en las cumbres, las escenas de costas solitarias, en verdes viñedos, en lugares desiertos y rocosos, pasaron fente a él: un mundo frente al cual el alma humana se retrae y se estremece. Villiers pasó rápidamente las páginas restantes; había visto suficiente, mas el dibujo de la última págna captó su mirada, cuando casi cerraba el libro.
-¡Austin!
-Bueno, ¿qué sucede?
-¿Sabes quién es?
Era el rostro de una mujer, sola en la página blanca.
-¿Que si la conozco? No, por supuesto que no.
-Yo sí.
-¿Quién es?
-Es la señora Herbert.
-¿Estás seguro?
-Estoy perfectamente seguro de ello. ¡Pobre Meyrick! Es un capítulo más en su historia.
-¿Qué te parecen los diseños?
-Son terribles. Sella el libro nuevamente, Austin. Si yo fuera tú, lo quemaría; debe ser una horrible compañía aún estando en un cofre.
-Sí, son unos dibujos singulares. Pero me pregunto, ¿qué conexión había entre Meyrick y la señora Herbert, o qué vínculo había entre ella y estos diseños?
-¿Quién podría decirlo? Es posible que este asunto termine aquí, y nunca sepamos, sin embargo, en mi opinión, esta Helen Vaughan o señora Herbert, es sólo el principio. Volverá a Londres, Austin; pierde cuidado, ella regresará, y entonces sabremos más acerca de ella. Dudo que sean noticias muy agradables.
VI. Los Suicidios
Lord Argentine era un gran favorito en la sociedad londinense. A los veinte años había sido un hombre pobre, adornado por el apellido de una ilustre familia, sin embargo, forzado a ganarse el sustento como fuera, y ni el más especulativo de los prestamistas le hubiera confiado 5 peniques sobre la eventualidad de que alguna vez cambiara su nombre por un título y su pobreza por una gran fortuna. Su padre había estado lo suficientemente cerca de la fuente de las cosas buenas como para asegurar a uno de los miembros vivos de la familia, pero el hijo, aún si hubiera tomado los votos, no hubiera obtenido más que eso, además, no tenía vocación para la orden eclasiástia. De esta forma, enfrentó al mundo con una armadura no mejor que la toga de bachiler y el ánimo de un joven nieto del hijo, equipamiento con el cual se las ingeniaba de alguna forma para hacer de esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco el serñor Charles Aubernon era aún un hombre de luchas y contiendas contra el mundo, sin embargo, de los siete que se encontraban antes que él en los lugares más altos de su familia, sólo quedaban tres. Estos tres,aunque "bien vivos", no eran a prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre tifoidea, por lo que, una mañana, Aubernon despertó siendo Lord Argentine, un hombre de treinta años que había enfrentado las dificultades de la existencia, y las había conquistado. La situación lo divertía inmensamente, y resolvió que la riqueza sería tan agradable para él como lo había sido siempre la pobreza. Luego de algunas consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que la cena, mirada como una de las bellas artes, era quizá la ocupación más entretenida abierta a la humanidad arruinada, de esta forma, sus cenas se hicieron famosas en Londres, y una invitación para su mesa era algo codiciosamente deseado. Luego de diez años de señoría y cenas, Argentine aún rehusaba a cansarse y siguió disfrutando de la vida , y, como una suerte de infección, era reconocido como causa de alegría para los demás, en suma, como la mejor de las compañías. De este modo, su repentina y trágica muerte causó una extensa y profunda sensación. La gente difícilmente lo creía, aún teniendo el períodico frente a sus ojos y el grito de "Misteriosa muerte de un noble" resonando por las calles. Mas allí estaba el párrafo: "Lord Argentine fue hallado muerto esta mañana por su asistente bajo circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que no hay duda de que su señoría se habría suicidado, aunque no se ha encontrado un motivo para el acto. El fallecido caballero era ampliamente conocido en sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su regia hospitalidad. Ha sido sucedido por..." etc, etc.
Lentamente los detalles salieron a la luz, pero el caso era aún un misterio. El testigo principal del interrogatorio era el ayudante del difunto, quien afirmó que la noche anterior a la muerte Lord Argentine había cenado con una señora de buena posición, cuyo nombre fue suprimido por los períodicos. Lord Argentine había regresado aproximadamente a las once y había informado a su hombre que no requeriría de sus servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más tarde, el sirviente tuvo la oportunidad de pasar por el hall y asombrarse al ver a su amo saliendo tranquilamente por la puerta principal. Se había cambiado la tenida de noche y vestía un abrigo Norfolk, unos bombachos, y un sombrero bajo color marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para suponer que Lord Argentine lo había visto, y aunque su amo rara vez se quedaba hasta tarde, jamas pensó en lo que ocurriría a la mañana siguiente al llamar a su puerta un cuarto para las nueve, como era usual. No recibió respuesta, y luego de golpear una o dos veces, entró a la habitación y vio el cuerpo de Lord Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la cama. Descubrió que su amo había atado firmemente una cuerda a uno de los postes cortos de la cama, y luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó al redor del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer resueltamente, para morir lentamente estrangulado. Vestía el delgado traje con el que el sirviente lo había visto salir, y el doctor que fue llamado declaró que la su vida se había extinguido hacía más de cuatro horas. Todos los papeles, cartas, y demases, estaban en perfecto orden, y no se descubrió nada que apuntara remotamente a algún escandalo, fuera grande o pequeño. Hasta aquí llegaba la evidencia; nada más pudo ser descubierto. Varias personas se encontraban presentes en la cena a la que Lord Argentine había asistido, y a todas ellas les pareció que se encontraba de un humor afable, como siempre. Sin embargo, el asistente afirmó que su amo le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas la alteracióm era a su manera muy tenue, de hecho, dificilmente perceptible. Buscar más pistas parecía inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine había sufrido de un repentino ataque de manía suicida aguda, fue ampliamente aceptado.
Sin embargo, resultó de otra manera, cuando dentro de las tres semanas siguientes, otros tres caballeros, uno de ellos un noble, y dos hombres más de buena posición y abundantes medios, perecieron atrozmente en casi la misma forma. Lord Swanleigh fue encontrado una mañana en su vestidor, colgando de un gancho fijado a la pared, y el señor Collier-Stuart y el señor Herries habían elegido morir como Lord Argentine. Ninguno de los casos tenía explicación; uno cuantos hechos conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver con el rostro hinchado y amoratado, en la mañana. La policía se vio obligada a decalrarse impotente para arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios de Picadilly y Mayfair se encontraban atónitos, porque ni siquiera la sola ferocidad que había servido como explicación de los crímenes del East End, podía servir en el West. Todos estos hombres que habían resuelto morir una muerte tormentosa y vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las apariencias, enamorados del mundo, y ni siquiera la investigación más detallada pudo descubrir en alguno de los casos alguna sombra de un motivo latente. Había horror en el ire, y los hombres se miraban unos a otros al encontrarse, cada uno preguntándose si el otro sería la víctima de la quinta tragedia sin nombre. Los periodistas revisaban en vano sus apuntes en busca de material con el cual mezclar artículos anteriores.Y el períodico matutino era abierto en más de algún hogar con un sentimiento de terror; nadie sabía cuándo o dónde atacaría el próximo golpe.
Poco tiempo después del último de estos terribles sucesos, Austin fue a visitar al señor Villiers. Sentía curiosidad por saber si Villiers había tenido éxito en descubrir alguna pista fresca de la señora Herbert, ya fuera a través de Clarke o de otra fuente, y a penas se hubo sentado hizo la pregunta.
-No -dijo Villiers-, le escribí a Clarke pero sigue inexorable, y he tratado por otros canales sin resultados. No he podido saber qué ha sido de Helen Vaughan después de dejar Paul Street, pienso que deber haberse ido al extranjero. Pero para serte franco Austin, no le he prestado mucha atención al tema durante las últimas semanas; conocía íntimamemnte al pobre Herries, y su terrible muerte ha sido un gran golpe para mí, un gran golpe.
-Lo creo -contestó Austin solemnemente-, tú sabes que Argentine era amigo mío. Si recuerdo correctamente, estuvimos hablando de él ese día que viniste a mis habitaciones.
-Sí; era en relación a aquella casa en Ashley Street, la casa de la señora Beaumont. Dijiste algo acerca de Argentine cenando allá.
-De hecho. Seguramente sabrás que fue allí donde Argentine cenó la noche antes... antes de su muerte.
-No, no había escuchado eso.
-Oh, si; el nombre fue excluído de los períodicos para ahorrarle molestias a la señora Beaumont. Argenitne era un gran favorito suyo, y se comentaba que ella se encontraba en un terrible estado.
Una curiosa expresión asomó en el rostro de Villliers; parecía indeciso acerca de hablar o no. Austin comenzó nuevamente.
-Nunca experimenté tal sentimiento de horror como cuando leí el informe de la muerte de Argentine. En el momento no lo comprendí, y tampoco ahora. Lo conocía bien, y mi entendimiento se ve completamente superado al pregutnarme por qué posible causa él -o cualquiera de los otros- podría haber resuelto morir a sangre fría, de aquella espantosa manera. Tú sabes cómo los hombres murmuran sobre cada personaje de Londres, y te aseguro que cualquier escándalo enterrado o esqueleto escondido habría aparecido en un caso como este; pero nada por el estilo ha sucedido. Y respecto a la teoría de manía, bueno, eso está muy bien para la improvisación del forense, pero todos sabemos que es una tontería. La manía suicida no es una pequeña infección.
Austin se hundíó en un oscuro silencio. Villiers también estaba en silencio, observando a su amigo. La expresión de indecisión aún se movía por su rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una balanza, y las consideraciones que estaba tomando lo mantenían en silencio. Austin trató de quitarse de encima las memorias de tragedias tan imposibles y confusas como el laberinto de Dédalo, y comenzó a hablar con voz indiferente de sucesos más agradables y de las aventuras de la temporada.
-Esa señora Beaumont -dijo- de la cual hablábamos, es un gran éxito; ha tomado Londres casi por asalto. La conocí la otra noche en Fulham; realmente es una mujer extraordinaria.
-¿Conociste a la señora Beaumont?
-Sí; estaba rodeada por un verdadero séquito. Supongo que podría decirse que es muy atractiva, sin embargo, hay algo en su rostro que no me agradó. Sus rasgos son exquisitos, pero la expresión es extraña. Y durante todo el tiempo que la estuve observando, y luego, cuando me dirigía a casa, tuve la curiosa sensación de que me era familiar, de alguna u otra forma.
-La debes haber visto en la calle.
-No, estoy seguro que nunca había visto a la mujer; eso es lo que lo hace misterioso. Y según creo, nunca he visto a nadie como ella; lo que sentí fue como un recuerdo lejano y velado, vago pero persistente. La única sensación con la que puedo compararlo es ese extraño sentimiento que se tiene a veces en los sueños, cuando las ciudades fantásticas, las tierras maravillosas y los personajes fantasmales nos parecen familiares y habituales.
Villiers asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor de la habitación, posiblemente en busca de algo sobre lo que continuar la conversación. Sus ojos se posaron en un antiguo cofre situado debajo de un escudo gótico, parecido en cierta forma a aquél en que el artista había escondido su extraño legado.
-¿Le escribiste al doctor acerca del pobre Meyrick? -preguntó.
-Sí, le escribí pidiéndole todos los pormenores respecto a su enfermedad y su muerte. No espero recibir respuesta durante otras tres semanas o un mes. Pensé que también debería indagar si Meyrick conocía a alguna mujer inglesa apellidada Herbert, y si ese era el caso, si el doctor podía entregarme información sobre ella. Sin embargo, es muy posible que Meyrick se halla encontrado con ella en Nueva York, o México, o San Franciasco. No tengo idea del alcance o dirección de sus viajes.
-Sí, y es muy posible que esta mujer tenga más de un nombre.
-Exactamente. Hubiera deseado pensar en pedirte el retrato de ella que posees. Podría haberlo incluido en mi carta al doctor Matthews.
-Podrías haberlo hecho; nunca se me había ocurrido. Debemos enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando esos niños?
Mientras los dos hombres conversaban, un ruido confuso de gritos había aumentado gradualmente en intesidad. El ruido se elevaba desde la parte este y cobraba fuerzas en Picadilly, acercándose más y más, como un torrente de sonido; agitando las calles usualmente tranquilas, y haciendo de cada ventana el marco para una cara, curiosa o excitada. Los gritos y las voces reverberaban a lo largo de la silenciosa calle donde vivía Villiers, haciéndose más claras a medida que avanzaban, y mientras Villiers hablaba, la respuesta subió desde la acera:
"¡Los Horrores del West End; otro espantoso suicidio; informe completo!"
Austin se se precipitó escaleras abajo y compró un periódico, y le leyó a Villiers, mientras el alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana estaba abierta y el aire parecía estar lleno de ruido y terror.
"Otro caballero ha caído víctima de la terrible epidemia de suicidios que, durante el último mes, ha prevalicido en West End. El señor Sydney Crashaw, de Stoke House, Fulhan y King's Pomeroy, Devon, fue hallado muerto a la una de esta tarde, luego de una prolongada búsqueda, colgado a la rama de un árbol en su jardín. El difunto caballero cenó anoche en el Club Carlton y su salud y humor se veían como siempre. Abandonó el club cerca de las diez y, algo más tarde fue visto caminando sin prisa por St. James Street. Luego de esto, se le pierde el rastro a sus movimientos. Apenas encontrado el cuerpo se llamó al médico, pero era evidente que la vida se había extinguido hace tiempo. Hasta donde se sabe, el señor Crashaw no tenía ningún tipo de problema o ansiedad. Este doloroso suicidio, como se recordará, es el quinto de su clase en el último mes. Las autoridades de Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna explicación para estos terribles sucesos."
Austin dejó el periódico con un mudo horror.
-Dejaré Londres mañana -declaró-, esta es una ciudad de pesadilla. ¡Qué espantoso es esto, Villiers!
El señor Villiers estaba sentado junto a la ventana, tranquilamente mirando a la calle. Había escuchado atentamente al informe del períodico, y la huella de indecisión había desaparecido de su rostro.
-Espera, Austin -replicó- he decidido mencionarte un asunto que sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba que Crashaw había sido visto con vida en St. James Street, poco después de las diez?
-Sí, eso creo. Miraré nuevamente. Si, estás en lo cierto.
-Correcto. Entonces, me encuentro en la posición de contradecir completamente el relato. Crashaw fue visto después de eso; de hecho, considerablemente más tarde.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque por casualidad vi a Crashaw, cerca de las dos de esta madrugada.
-¿Viste a Crashaw? ¿Tú, Villiers?
-Sí, lo vi claramente, de hecho, nos separaban tan sólo unos pocos pasos.
-¿Dónde, en nombre del cielo, lo viste?
-No lejos de aquí. Lo ví en Ashley Street. Precisamente cuando salía de una casa.
-¿Reconociste cuál era la casa?
-Sí. Era la de la señora Beaumont.
-¡Villiers! Piensa en lo que estás diciendo; debe haber algún error. ¿Cómo podría Crashaw haber estado en casa de la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro, seguro debes haber estado soñando, Villiers; siempre has sido algo fantaseoso.
-No; estaba completamente despierto.Incluso si hubiera estado soñando, como tú dices, lo que ví me hubiera despertado efectivamente.
-¿Lo que viste? ¿Qué viste? ¿Había algo extraño en Crashaw? Pero no lo puedo creer, es imposible.
-Bueno, si lo deseas te contaré lo que vi, o si te place, lo que creo haber visto. Puedes juzgar por tí mismo.
-Muy bien, Villiers.
El ruido y el clamor de la calle se habían extinguido, aunque algunos sonidos de gritos aún llegaban repentinamente desde la distancia, y el apagado y pesado silencio se parecía a la calma que sigue al terremoto o a la tormenta. Villiers dio la espalda a la ventana y comenzó a hablar.
-Anoche yo estaba en una casa cerca de Regent's Park y al dejarla, me asaltó la idea de caminar a casa en vez de tomar un cabriolé. Era una noche lo suficientemente clara y agradable, y luego de unos minutos ya tenía las calles para mí solo. Es curioso, Austin, estar solo en Londres de noche, las lámparas alargándose en perspectiva, y el silencio sin vida, y quizá de repente, la acometida y estruendo de un coche sobre las piedras y los cascos de los caballos echando chispas. Caminaba vigorosamenete pues me sentía algo cansado de estar fuera en la noche, y cuando los relojes daban las dos, doblé por Ashley Street, la que, como sabes, está en mi camino. Estaba más tranquila que nunca y eran pocas las lámparas; en resumen, lucía tan oscura y tenebrosa como un bosque en invierno. Había recorrido casi la mitad de la calle cuando oí el sonido de una puerta cerrándose suavemente y, como es natural, miré para ver quién andaba allí como yo, a tales horas. Por casualidad hay una lámpara cerca de la casa en cuestión y vi a un hombre en el portal. Recién había cerrado la puerta y su cara estaba hacia mí, inmediatamente reconocí a Crashaw. Nunca lo conocí tanto como para hablarle, sin embargo, lo había visto frecuentemente, por lo que estoy seguro que no confundí a mi hombre. Le miré a la cara por un momento, y entonces -debo decir la verdad- emprendí una buena carrera y seguí corriendo hasta que estaba en mi propia puerta.
-¿Por qué?
-¿Por qué? Porque verle la cara a ese hombre me congeló la sangre. Nunca habría imaginado que una combinación de pasiones como aquella podría haber fulgurado en los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al mirar. Sabía que había atisbado en los ojos de un alma perdida, Austin. El exterior de ese hombre permanecía, pero todo el infierno estaba detro de él. Una lasciva furiosa y un odio que era como el fuego, más la pérdida de toda esperanza y la completa oscuridad de la desesperación parecían dar alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada. Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que prensenciaba espero que jamás lo veamos. No sé cuándo murió; supongo que dentro de una hora, o quizá dos, pero cuando pasé por Ashley Street y oí la puerta cerrándose, el hombre ya no pertenecía a este mundo. Lo que ví fue la cara de un demonio.
Hubo un intervalo de silencio en la habitación cuando Villiers terminó de hablar. La luz estaba menguando y todo el tumulto de una hora atrás se había acallado por completo. Austin había inclinado su cabeza al final del relato, y las manos cubrian sus ojos.
-¿Qué puede significar todo esto? -dijo finalmente.
-Quién sabe, Austin, quién sabe. Este es un asunto oscuro, pero creo que será mejor que quede entre nosotros por ahora, sea como sea. Veré si puedo saber algo acerca de esa casa a través de algunos canales privados de información, y si me encuentro con algo, te lo haré saber.
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