VII. Encuentros en el Soho
Tres semanas más tarde Austin recibió una nota de Villiers, pidiéndole que lo visitara aquella noche o la siguiente. Eligió la fecha más cercana. Encontró a Villiers sentado, como era usual, junto a la ventana, aparentemente perdido en meditaciones en el adormecedor tráfico de las calles. A su lado había una mesa de bambú, un objeto fantásico, enriquecido con oropel y exóticas escenas pintadas, y sobre ella había una pila de papeles arreglados y rotulados tan pulcramente como cualquier cosa en la oficina del señor Clarke.
-Bueno, Villiers, ¿has hecho algunos descubrimientos durante las últimas tres semanas?
-Eso creo: aquí tengo uno o dos apuntes que me impactaron por su singularidad, y hay un informe sobre el cual quisiera llamar tu atención.
-¿Y estos documentos se relacionan con la señora Beaumont? ¿Era realmente Crashw a quien viste esa noche en la puerta de la casa de Ashley Street?
-En relación a ese asunto mi creencia se mantiene inalterada, sin embargo, ninguna de mis indagaciones ni sus resultados tiene alguna especial relación con Crashaw. Pese a eso, mis inventigaciones han tenido un extraño resultado. ¡He descubierto quién es la señora Beaumont!
-¿A qué te refieres con quién es ella?
-Me refiero a que tú y yo la conocemos mejor bajo otro nombre.
-¿Cuál es ese nombre?
-Herbert.
-¡Herbert! -Austin repitió esta palabra aturdido por la sorpresa.
-Sí, la señora Herbert de Paul Street, o Helen Vaughan, cuyas anteriores aventuras desconocía. Tuviste razón al reconocer la expresión de su rostro; al llegar a casa observa el rostro del libro de horrores de Meyrick, y conoceras la fuente de tus recuerdos.
-¿Tienes pruebas de esto?
-Sí, la mejor de las pruebas. He visto a la señora Beaumont, ¿o debo decir la señora Herbert?
-¿Dónde la viste?
-En un lugar donde difícilmente esperarías ver a una dama que vive en Ashley Street, Picadilly. La vi entrando a una casa en una de las calles más despreciables y de peor reputación del Soho. De hecho, yo había concertado una cita, aunque no con ella, y ella estaba precisamente allí, en el mismo lugar y al mismo tiempo.
-Todo esto parece muy sorprendente, pero no puedo llamarlo increíble. Debes recordar Villliers, que yo he visto a esta mujer en la corriente aventura de la sociedad londinense, conversando y riéndose, sorbiendo su café en un salón común y corriente, con gente común y corriente. Pero tú sabes lo que dices.
-Lo sé; no me he permitido ser guiado por conjeturas ni fantasías. No era con la intención de descubrir a Helen Vaughan que buscaba a la señora Beaumont en las oscuras aguas de la vida londinense, sin embargo, ese ha sido el resultado.
-Debes haber estado en lugares extraños, Villiers.
-Sí, he estado en lugares bastante extraños. Como sabes, hubiera sido inútil dirigirme a Ashley Street y haberle pedido a la señora Beaumont que me hiciera un corto esbozo de su historia pasada. No; asumiendo que, como tuve que asumir, sus antecedentes no eran de los más limpios, era bastante seguro que en algún período pasado debió haberse movido en círculos no tan refinado como los actuales. Si ves lodo en la superficie del arroyo, puede estar seguro que alguna vez estuvo en el fondo. Y yo fui hacia el fondo. Siempre me he sido aficionado a sumergime en la Calle Extraña por placer, y me di cuenta que mi conocimiento de la localidad y sus habitantes me era muy útil. Tal vez sea innecesario mencionar que mis amigos jamás habían escuchado el apellido Beaumont, y como yo jamás había visto a la dama y no podía dar su descripción, tuve que ponerme a trabajar de una manera indirecta. La gente del lugar me conoce; eventualmente he podido prestarles algún servicio, asi que no pusieron ninguna dificultad en darme su información; estaban concientes que yo no tenía ninguna comunicación directa o indirecta con Scotland Yard. Sin embargo, tuve que eliminar una buena cantidad de líneas antes de obtener lo que quería, y cuando pesqué el pez no pensé ni por un momento que ese era mi pez. Sin embargo escuché lo que me decían desde un constitucional aprecio por la información inútil, y me encontré en posesión de una historia muy curiosa, aunque como imaginé, no la historia que buscaba. Resultó ser lo siguiente.. Arpoximadamente cinco o seis años atrás, una mujer de apellido Raymond apareció repentinamente en el barrio al que me refiero. Me la describieron como una mujer bastante joven, probablemente de no más de diecisiete o dieciocho, muy atractiva, y luciendo como sui vienera del campo. Me equivocaría si dijera que ella encontró su nivel entrando a este barrio en particular, o asociándose con esta gente, pues por lo que me contaron, pensaría que la peor pocilga de Londres es demasiado buena para ella. La persona de la cual obtuve la información, no un gran puritano como puedes suponer, se estremeció y se puso pálido al contarme acerca de las infamias sin nombre de las que se le acusaba. Después de vivir allí por un año, o quzá un poco más, desapareció tan repentinamente como había llegado, y no supieron nada de ella hasta la época del caso de Paul Street. Al principio venía a su guarida ocasionalmente, luego con más frecuencia y finalemente, se estabeció allí como antes, y premaneció por seis u ocho meses. No tiene sentido que entre en detalles acerca de la vida que la mujer llevaba; si quieres detalles puedes mirar en el legado de Meyrick. Aquellos diseños salieron de su imaginacón. Ella desapareció nuevamente, y nadie del lugar la vio hasta hace unos pocos meses atrás. Mi informante me contó que había tomado algunas habitaciones en una casa que me indicó, y que tenía el hábito de visitarlas una o dos veces a la semana, siempre a las diez de la mañana. Esperaba que realizara una de esas visitas cierto día de la semana pasada, y de acuerdo a ello logré estar vigilando, acompañado de mi cicerone un cuarto para las diez, y la hora y la dama llegaron con igual puntualidad. Mi amigo y yo nos encontrabamos bajo un pasaje abovedado, algo retirado de la calle, sin embargo, ella nos vio y me dirigió una mirada que me tomará tiempo olvidar. Aquella mirada fue suficiente para mí; sabía que la señora Raymond era la señora Herbert; mientras que la señora Beaumont se había ido completamente de mi cabeza. Entró a la casa, y vigilé hasta las cuatro de la tarde, cuando salió, y luego la seguí. Fue una larga cacería, y tuve que mantener gran cuidado de mantenerme a lo lejos, en un segundo plano, pero sin perder de vista a la mujer. Me llevó por el Strand, luego hacia Westminster, para continuar por St Jame's Street, y a lo largo de Picadilly. Me sentí de lo más extraño cuando la vi doblar por Ashley Street; la idea de que la señora Herbert era la señora Beaumont vino a mi mente, pero parecía demasiado imposible para ser verdad. Esperé en la esquina, sin perderla de vista en ningún momento, poniendo especial cuidado en identificar la casa en la que se había detenido. Era la casa de las cortinas alegres, la casa de las flores, la casa de la cual Crashaw salió la noche en que se colgó en su jardín. Casi me estaba yendo con mi descubrimiento, cuando vi que un carruaje vacío viró y se detuvo frente a la casa, llegué a la conclusión que la señora Herbert tomaría un paseo, y tenía razón. Allí, de casualidad, me enconré con un hombre que conocía, y estuvimos conversando a poca distancia del camino por donde pasaría el carruje, que se encontraba a mis espaldas. No habíamos estado allí ni diez minutos cuando mi amigo se quitó el sombrero, di un vistazo a mi alrededor y allí vi a la dama a la que había estado siguiendo todo el día. "¿Quién es ella?" -le pregunté. Y su respuesta fue: "La señora Beaumont; vive en Ashley Street". Después de eso no cabía ninguna duda. No sé si ella me vio, pero creo que no lo hizo. Inmediatamente regresé a casa y, considerándolo, pensé que tenía un caso suficientemente bueno como para presentarme donde Clarke.
-¿Por qué donde Clarke?
-Porque estoy seguro de que Clarke conoce hechos acerca de esta mujer, hechos de los que yo no sé nada.
-Bueno, ¿qué pasó entonces?
El señor Villiers se reclinó en su butaca y miró a Asutin reflexivamente un momento antes de contestar su pregunta:
-Mi idea era que Clake y yo deberíamos visitar a la señora Beaumont.
-¿Jamás irías a una casa como esa? No, no, Villiers, no puedes hacerlo. Además, considera qué resultado...
-Pronto te lo diré. Pero iba decirte que mi información no terminaba aquí; sino que fue completada de una forma extraordinaria.
Mira este lindo paquetito manuscrito; está compaginado, como ves, y tuve que perdonar la atenta coquetería de una banda de cinta roja. ¿Cierto que tiene un aire casi legal? Desliza tus ojos por él, Austin. Es la relación de las diversiones que la señora Beaumont prodigaba a sus invitados favoritos. El hombre que escribió esto escapó con vida, pero pienso que no vivirá muchos años. Los doctores le han dicho que debe haber sufrido algún severo impacto nervioso.
Austín cogió el manuscrito pero nunca lo leyó. Al abrir sus elegantes páginas al azar, su mirada fue atrapada por una palabra y una frase que le seguían; y, angustiado, con los labios pálidos y un sudor frío corriendo como agua por sus sienes, arrojó los papeles al suelo.
-Llévatelo, Villiers, nunca menciones esto nuevamente. ¿Estás hecho de piedra, hombre? Porque ni el temor ni el horror de la misma muerte, ni los pensamientos del hombre que se encuentra en el aire punzate de la mañana sobre la oscura plataforma, condenado, escuchando el tañido de las campanas, esperando que el severo rayo retumbe, no son nada comparados con esto. No lo leeré; y jamás podre conciliar el sueño.
-Muy bien, puedo imaginarlme lo que viste. Sí, es lo suficientemente horrible; pero después de todo es una vieja historia, un antiguo misterio representado en nuestros días, en las oscuras calles de Londres en vez de entre los viñedos y los jardines de olivos. Ambos sabemos lo que le ocurre a aquellos que llegan a conocer al Gran Dios Pan, y aquellos que son prudentes saben que todos los símbolos son símbolo de algo, no de nada. De hecho, fue bajo un símbolo exquisito que los hombres velaron, hace mucho tiempo, su conocimiento de las fuerzas más terribles y más secretas, fuerzas que se encuentran en el corazón de todas las cosas; fuerzas ante las cuales el alma de los hombres se marchita y muere, y se enegrece, como sus cuerpos al electrocutarse. Tales fuerzas no pueden ser nombradas, no se puede hablar de ellas, no pueden ser imaginadas excepto bajo un velo y un símbolo, un símbolo que a la mayoría nos parece una imagen exótica y poética , mientras para otros es un disparate. De todos modos, tú y yo hemos conocido algo del terror que debe habitar en el secreto lugar de la vida, manifestado en carne humana; aquello que no tiene forma tomando para sí una forma. Oh, Austin, ¿cómo eso puede puede existir? ¿Cómo es que la misma luz del sol no se oscurece frente a esta cosa ni la sólida tierra se derrite y hierve bajo tal carga?
Villiers se movía de un lado a otro por la habitación, y las gotas de sudor resaltaban en su frente. Austin se mantuvo en silencio por un rato, sin embargo, Villiers lo vio realizando un signo sobre su pecho.
-Nuevamente te digo, Villiers, ¿no serás capaz de entrar en una casa como esa? Jamás saldrías de ella con vida.
-Sí, Austin. Saldré con vida... y Clarke conmigo.
-¿A qué te refieres? No puedes, no te atreverías...
-Espera un momento. Esta mañana el aire estaba muy fresco y agradable; soplaba una brisa, incluso por esta calle deprimente, pensé entonces en dar un paseo. Picadilly se extendía clara frente a mí, el sol destellaba sobre los carruajes y sobre las hojas temblorosas del parque. Era una mañana alegre, los hombres y las mujeres miraban hacia el cielo y sonreían mientras se dirigían a su trabajo o a sus placeres, y el viento soplata tan despreocupadamente como lo hace sobre las praderas y el aromático tojo. Pero de una u otra manera me alejé del bullicio y del alborozo, me descubrí caminando lentamente a lo largo de una tranquila y oscura calle, donde parecía no existir la luz del sol ni el aire, y donde los pocos peatones vagabundeaban al caminar, y merodeaban indecisos por las esquinas y las arcadas. Seguí caminando, sin saber realmente hacia dónde me dirigía o qué estaba haciendo allí, mas me sentía empujado, como a veces uno se siente, a explorar aún más allá, con la vaga idea de alcanzar alguna meta desconocida. De esta forma avancé por la calle, notando el movimiento en la lechería, y sorprendido por la incongruente mezcla de pipas de un penique, tabaco negro, dulces, y canciones cómicas, que aquí y allá se empujaban unas a otras en el reducido espacio de una sola ventana. Creo que un escalofrío que me recorrió repentinmente fue lo que en un principio me indicó que había encontrado lo que quería. Miré desde la acera y me detuve frente a un polvoriento negocio sobre el cual la inscripción se había borrado, donde los ladrillos de doscientos años se habían tiznado, donde las ventanas habían acumulado el polvo de los innumerables inviernos. Vi lo que necesitaba; sin embargo, creo que pasaron cinco minutos antes de que me calmara y pudiera entrar y pedir con una voz tranquila y un rostro impasible. Creo que aún así hubo un ligero temblor en mis palabras, pues el viejo que salió de la recepción, tambaleándose lentamente entre su mercancía, me observó de un manera extraña al envolverme el paquete. Le pagué lo que pedía, y me mantuve inclinado sobre el mostrador con un extraño rechazo a tomar mi mercadería e irme. Le pregunté por el negocio y me entré que las ventas no estaban buenas y que los beneficios habían bajado deprimentemente; que la calle no era la misma que antes de que el tráfico fuera desviado, pero eso había sido hace cuarenta años, "justo antes que mi padre muriera" -dijo. Finalmente me alejé y caminé solemnemente; era realmente una calle lúgubre y estuve feliz de volver a bullicio y al ruido.¿Quisieras ver mi adquisición?
Austín no dijo nada, pero asintió suavemente con su cabeza; aún se veía pálido y enfermo. Villiers abrió uno de los cajones de la mesa de bambú y le enxeño a Austin un largo rollo e cuerda, nueva y resistente; y en un extremo había un nudo corredizo.
-Es la mejor cuerda de cáñamo -dijo Villiers-, tal como las que se hacían antes, según me dijo el hombre. Ni una sola pulgada de yuta de punta a cabo.
Austin apretó los dientes y miró a Villiers, palideciéndo cada vez más.
-No deberías hacerlo -murmuró finalmente. ¡Por Dios! No te ensuciarías las manos con sangre -exclamó con una repentina vehemencia-, ¿no hablas en serio, Villiers, eso te convertiría en un verdugo?
-No. Ofreceré la opción, dejaré a Helen Vaughan sola con esta soga por quince minutos en una habitación cerrada. Si cuando entre la cosa no está hecha, llamaré al policía más cercano. Eso es todo.
-Debo irme. No puedo quedarme ni un minuto más, no puedo soportar esto. Buenas noches.
-Buenas noches, Austin.
La puerta se cerró, pero se abrió nuevamente en un momento. Austin estaba en la entrada, pálido y cadavérico.
-Se me estaba olvidando -dijo-, que yo también tengo algo que contarte. Recibí una carta del doctor Hardon desde Buenos Aires. Me dice que él atendió a Meytick durante los tres meses anteriores a su muerte.
-¿Y menciona qué se lo llevó a la tumba en la flor de su vida? ¿No fue la fiebre?
-No, no fue la fiebre. De acuerdo al doctor, fue un colapso total del sistema, probablemente causado por algún shock severo. Pero asegura que el paciente no le mencionó nada, por lo que se encontraba en cierta desventaja para tratar el caso.
-¿Hay algo más?
-Sí, el doctor Harding concluye su carta diciendo: "Creo que esta es toda la información que puedo darle acerca de su pobre amigo. No estuvo mucho tiempo en Buenos Aires, y casi no conocía a nadie, a excepción de una persona que no ostentaba el mejor de los carácteres, y que desde entonces se ha marchado... una tal señora Vaughan.
VIII. Los Fragmentos
[Hoja de un manuscrito, cubierta con anotaciones hechas a lápiz, encontrada entre los papeles del conocido médico, doctor Robert Matheson, de Ashley Street, Picadilly, quien murió repentinamente de un ataque de apoplejía, a comienzos de 1892. Las notas se enontraban en latín, muy abreviadas y, evidentemente escritas con gran prisa. El manuscrito fue descifrado con gran dificultad y algunas palabras han evadido, hasta ahora, todos los esfuerzos de los expertos contratados. La fecha, XXV de julio de 1888, está escrita en el costado superior derecho del manuscrito. Lo siguiente es la traducción del manuscrito del doctor Matheson]
No sé si acaso la ciencia se vería beneficiada por la publicación de estas notas, en caso de que pudieran ser publicadas, mas lo dudo. Pero ciertamente, nunca tomaría la responsabilidad de publicar o divulgar ninguna palabra de lo que aquí escribo, no sólo en consideración del juramento que presté libremente a aquellas dos personas que estuvieron presentes, sino además porque los detalles son demasiado abominables. Probablemente, luego de una consideración madura y luego de sopesar el bien y el mal, destruiré este texto, o por lo menos se lo entregaré sellado a mi amigo D, confiando en su discresión, para usarlo o quemarlo, como él estime apropiado.
Como era apropiado, hice todo lo que mis conocimientos me sugería para estar seguro de que no me encontraba delirando. Pasmado en el comienzo difícilmente podía pensar, pero en poco tiempo estuve seguro que mi pulso era estable y regular, y que yo me encontraba en mis cabales. Después de eso fijé tranquilamente mis ojos en lo que estaba frente a mí.
A pesar que dentro de mí surgieron el horror y la náusea, y un hedor de podredumbre sofocó mi respiración, me mantuve firme. Fui entonces privilegiado o maldito, no me atrevo a decir cuál de las dos, de ver aquello que se encontraba sobre la cama, yaciendo negro como la tinta, transformándose frente a mis ojos. La piel, la carne, los músculos, los huesos y la firme estructura del cuerpo humano que yo había creído invariable y permanente como el diamante, comenzó a derretirse y disolverse.
Sé que el cuerpo puede ser dividido en sus elementos por agentes externos, pero me hubiera negado a creer lo que vi. Porque allí había alguna fuerza interna, de la cual nada sé, que causaba la disolucuión y el cambio.
Aquí también se econtraba todo el trabajoa través del cual fue creado el hombre, recreado frente a mis ojos Vi aquella forma oscilando de sexo a sexo, dividiéndose a sí mismo de sí mismo, y luego nuevamente reunido. Luego vi el cuerpo descender hacia las bestias desde donde ascendió, y aquello que estaba en las alturas bajar a las profundidades, incluso hasta el abismo de todo ser. El principio de la vida, que crea al organismo, se mantuvo siempre mientras la forma exterior cambiaba.
La luz del cuarto se había transformado en oscuridad, no la oscuridad de la noche donde los objetos se perciben difusamente, pues yo podía ver claramente y sin dificultad. Sin embargo, era la negación de la luz; los objetos se presentaban a mi visión, si puedo decirlo de esta manera, sin ninguna mediación, de tal manera que si hubiera habido un prisma en la habitación no hubiera visto ningún color representado sobre él.
Miré y al final no vi nada más que una sustancia gelatinosa. Luego ascendió nuevamente el escalafón... [aqui el manuscrito se hace ilegible] ... por un momento vi un Forma, perfilada frente a mí en la oscuridad , la cual no describiré en detalle. Sin embargo, el símbolo de esta forma puede ser vista en antiguas esculturas y en las pinturas que sobrevivieron a la lava, demasiado obsenas para ser nombradas... como una horrible e indescriptible figura, ni hombre ni bestia, fue cambiando hasta tomar forma humana, cuando finalmente llegó la muerte.
Yo, que presencié todas estas cosas, no sin el gran horror y aversión de mi alma, escribo aquí mi nombre, declarando que todo lo que puse en este papel es verdad.
ROBERT METHESON, Med. Dr.
***
...Raymond, este es el relato de lo que se y he visto. La carga era demasiado pesada para llevarla yo solo y, sin embargo, no podía contárselo a nadie más que a tí. Villiers, quien se encontraba conmigo en el final no sabe nada de aquel terrible secreto del bosque, de cómo aquello que ambos vimos perecer sobre la verde y suve hierba, entre las flores del varano, mitad en la luz mitad en penumbra, sosteniendo la mano de la joven Rachel, llamó y convocó a aquellos compañeros que adoptaron la forma de sólidas figuras sobre la tierra que pisamos, convocó al terror que nosotros sólo podemos insinuar, aquel que sólo podemos nombrar bajo una figura. No le contaré a Villiers de esto, ni tampoco acerca de aquel parecido que me impactó como un golpe en el corazón al ver el retrato, que colmó en el final la copa del terror. No me atrevo a adivina qué puede siginificar esto. Estoy seguro de que lo que vi perecer no era Mary, sin embargo, en la última agonía fueron los ojos de Mary los que me miraron. No sé si existe alguien que pueda mostrarme el último eslabón de la cadena de este horrible misterio, pero si hay alguien que puede hacerlo, ese eres tú, Raymond. Y si conoces el secreto, depende de tí si lo revelas o no, como prefieras.
Te escribo esta carta inmediatamente al regresar a la ciudad. He estado en el campo durante los últimos día; posiblemente seas capaz de adivinar dónde. Mientras en Londres el terror y asombro estaban en su punto máximo -pues la señora Beaumont, como te había contado, era conocida en sociedad-, le escribí a mi amigo el doctor Phillips, dándole un breve resumen, más bien una insinuación, de lo que había sucedido, y pidiéndole que me revelara el nombre de la aldea donde sucedieron los eventos que me había relatado. Me dio el nombre, pues como dijo sin el menor titubeo, los padres de Rachel habían fallecido, y el resto de la familia se habían marchado donde un pariente en el estado de Washington, seis meses atrás. Me dijo que los padres habían muerto, indudablemente, debido al dolor y el espanto causados por la terrible muerte de la hija, y por aquello que había acontecido antes de esa muerte. La misma tarde del día que recibí la carta de Phillips, ya me encontraba en Caermaen Y bajo las desmoronadas murallas romanas, blancas por los inviernos de diecisiete siglos, miré hacia la pradera donde alguna vez se irguió el templo al "Dios de los Abismos", y ví una casa brillando en la luz del sol. Era la casa donde Helen había vivido. Me quedé en Caermaen por varios días. La gente del lugar, descubrí, poco sabían y aún menos habían adivinado. Aquellos con los que hablé sobre la materia parecían asombrarse de que un anticuario (asi fue como me presenté) se preocupara por la tragedia del pueblo, sobre la cual me dieron una versión muy trivial y, como puedes imaginarte, no les revelé nada de lo que yo sabía. Pasé la mayoría del tiempo en el gran bosque que se eleva justo sobre la aldea, escalando la ladera, y se descuelga hacia el río en el valle; otro hermoso y extenso valle, Raymond, como aquel que observamos una noche, yendo de un lado a otro frente a tu casa. Por varias horas me extraviaba en el laberíntico bosque, ahora virando hacia la derecha y ahora hacia la izquiera, caminando lentamente a lo largo de pasadizos de maleza, sombríos y helados, incluso bajo el sol del mediodía y deteniéndome bajo los inmensos robles. Yaciendo en la hierba rala de algún claro donde el suave y dulce aroma de las rosas silvestres me era traído por el viento, mezclado con el fuerte perfume del saúco, cuyos aromas mezclados se parecen al hedor que hay en la habitación de un muerto, un vaho de incienso y podredumbre. Estuve en los confines del bosque, observando toda la pompa y desfile de las dedaleras, elevándose entre los helechos y brillando rojizas en el pronunciado atardecer, y más allá de ellas, hacía la espesura de la maleza abigarrada, donde los manantiales bullen desde la roca, regando los juncos, húmedos y nocivos. Sin embargo, durante todos mis vagabundeos, evité una parte del bosque; no fue sino hasta ayer que ascendí hasta la cima de la colina, y me paré sobre la antigua calzada romana que se abre paso a través de la cresta más alta del bosque. Por aquí habían caminado ellas, Helen y Rachel, a lo largo de esta tranquila calzada, sobre el pavimento de hierba verde, encerrada a ambos lados por bancos de tierra roja y protegida por los elevados setos de hayas. Y por aquí seguí sus pasos, una y otra vez mirando a través de los espacios entre las ramas, viendo a un lado el alcane del bosque, extendiéndose lejos hacia la derecha y hacia la izquierda, y sumergiéndose en el valle. Y, más allá, el oceáno amarillo, y la tierra allende del mar. Al otro lado se encontraba el valle y el río, y colina tras colina como onda tras onda, y el bosque, y la pradera, y los maizales, las brillantes casa blancas, la gran pared montañosa, y los lejanos picos azules en el norte. Hasta que finalmente llegué al lugar. La huella ascendía por una suave pendiene y se ensanchaba hacia el espacio abierto, rodeada por una espesa muralla de maleza, y se estrechaba nuevamente, para perderse en la distancia y en la tenue y azulosa niebla de verano.Y en este agradable claro estival Rachel le entregó y le dejó algo a una joven, quién sabe qué. No me quedé allí por mucho tiempo.
En un pequeño pueblo cercano a Caermaen hay un museo, que contiene la mayor parte de los vestigios romanos que se han encontrado durante todas las épocas en los alrededores. El día siguiente a mi llegada a Caermaen me dirigí al pueblo en cuestión, y aproveché la oportunidad de inspecconar el museo. Luego de haber visto la mayor parte de las esculturas en piedra, los baules, anillos, monedas y fragmentos de pavimento teselado que contiene el lugar, fui llevado ante un pequeño pilar rectangular de piedra blanca, el cual había sido recientemente decubierto en el bosque sobre el cual he estado hablando y, como me enteré indagando, en aquel espacio abierto donde la calzada romana se ensancha. A un lado del pilar había una inscripción, de la cual tomé nota. Alguna de las letran han sido borradas, sin embargo pienso que no cabe duda sobre las otras que puedo proveer. La inscripción es la siguiente:
DEVOMNODENTi FLAvIVSSENILISPOSSvit PROPTERNVPtias quaSVIDITSVBVMra
"Al gran dios Nodens (el Gran Dios de las Profundidades o de los Abismos), Flavius Senilis ha erguido este pilar en consideración del matrimonio que presenció bajo esta sombra"
El guardia del museo me informó que los anticuarios locales se encontraban muy intrigados, no por la isncripción, o por alguna dificultad en traducirla, sino por la circunstancia o rito al que se alude.
***
... Y ahora, mi querido Clarke, acerca de lo que me cuentas sobre Helen Vaughan, a quien me dices que viste morir bajo ciscunstancias de lo más y del más increíble horror. Me sentí interesado por tu relato, sin embargo, de lo que me contaste yo ya sabía, si no todo, una buena parte. Comprendo el extraño parecido que notaste entre el retrato y el rostro mismo; tú viste a la madre de Helen. Recuerdas aquella tranquila noche de verano, hace muchos años atras, cuando te hablé del mundo más allá de las sombras y del dios Pan. Recuerdas a Mary. Ella era la madre de Helen Vaughan, quien nació nueve meses depués de aquella noche.
Mary jamás
recobró la razón. Todo el tiempo yació en cama, como tú la
viste, y pocos días después del parto murió. Tengo la idea de
que justo al final me reconoció; me encontraba junto a su cama
cuando la antigua mirada asomó en sus ojos por un segundo, y
luego se estremeció y gimió, y estaba muerta. Hice un funesto
trabajo aquella noche en que estuviste presente; forcé la
entrada a la casa de la vida, sin saber o sin importarme lo que
sucedería al entrar allí. Te recuerdo en ese momento
diciéndome, solemne y correctamente también, que, en cierto
sentido, había arruinado la razón de un ser humano a causa de
un ridículo experimento basado en una teoría absurda. Hiciste
bien en culparme, sin embargo, mi teoría no era del todo
absurda. Lo que dije que Mary vería, lo vio, pero olvidé que
ningún ojo humano puede presenciar tal visión sin impunidad. Y,
como recién mencioné, olvidé que cuando la casa de la vida es
echada abajo de esa manera, puede entrar aquello para lo cual no
poseemos un nombre, y la carne puede convertirse en un velo de
horror que uno no se atrevería a expresar. Jugué con energías
que no comprendía, tu viste el resultado de ello. Helen Vaughan
hizo bien al atarse la cuerda al rededor de su cuello y morir, a
pesar de que la muerte fue horrible. La cara amoratada, la obsena
forma sobre la cama, cambiando y disolviéndose frente a tus
ojos, de mujer a hombre, de hombre a bestia, de bestia a algo
peor que las bestias, todos estos extraños horrores que
presenciaste, no me sorprenden en lo absoluto. Aquello frente a
lo que el doctor que mandaron a buscar vio y frente a lo que se
estremeció, yo ya lo había conocido hace tiempo; supe lo que
había hecho desde que la niña nació, y cuando escasamente
tenía cino años la sorprendí, no una vez ni dos, sino muchas
veces, con un compañero de juegos.....tú puedes adivinar de
qué tipo. Para mí era una constante, un horror encarnado, y
luego de unos pocos años sentí que no podía soportarlo más,
por lo que mandé a Helen lejos. Ahora sabes qué asustó al
niño en el bosque. El resto de esta espantosa historia, y todo
lo demás que me has contado que tu amigó descubrió, me las he
ingeniado para conocerlo, de tiempo en tiempo, hasta casi el
último capítulo. Y Helen ahora está con sus compañeros...