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y prelaciones
Julio Cortázar
Siempre me ha parecido que el rasgo distintivo de nuestra familia
es el recato. Llevamos el pudor a extremos increíbles,
tanto en nuestra manera de vestirnos y de comer como en la forma
de expresarnos y de subir a los tranvías. Los
sobrenombres, por ejemplo, que se adjudican tan desaprensivamente
en el barrio de Pacífico, son para nosotros motivo de cuidado,
de reflexión y hasta de inquietud. Nos parece que no se
puede atribuir un apodo cualquiera a alguien que deberá
absorberlo y sufrirlo como un atributo durante toda su
vida. Las señoras de la calle Humboldt llaman Toto, Coco o
Cacho a sus hijos, y Negra o Beba a las chicas, pero en nuestra
familia ese tipo corriente de sobrenombre no existe, y mucho
menos otros rebuscados y espamentosos como Chirola, Cachuzo o
Matagatos, que abundan por el lado de Paraguay y Godoy
Cruz. Como ejemplo del cuidado que tenemos en estas cosas
bastará citar el caso de mi tía segunda. Visiblemente
dotada de un trasero de imponentes dimensiones, jamás nos
hubiéramos permitido ceder a la fácil tentación de los
sobrenombres habituales; así, en vez de darle el apodo brutal de
Anfora Etrusca, estuvimos de acuerdo en el más decente y
familiar de la Culona. Siempre procedemos con el mismo
tacto, aunque nos ocurre tener que luchar con los vecinos y
amigos que insisten en los motes tradicionales. A mi primo
segundo el menor, marcadamente cabezón, le rehusamos siempre el
sobrenombre de Atlas que le habían puesto en la parrilla de la
esquina, y preferimos el infinitamente más delicado de
Cucuzza. Y así siempre.
Quisiera aclarar que estas cosas no las hacemos por
diferenciarnos del resto del barrio. Tan sólo desearíamos
modificar, gradualmente y sin vejar los sentimientos de nadie,
las rutinas y las tradiciones. No nos gusta la vulgaridad
en ninguna de sus formas, y basta que alguno de nosotros oiga en
la cantina frases como «Fue un partido de trámite violento»,
o: «Los remates de Faggiolli se caracterizaron por un notable
trabajo de infiltración preliminar del eje medio», para que
inmediatamente dejemos constancia de las formas más castizas y
aconsejables en la emergencia, es decir: «Hubo una de patadas
que te la debo», o: «Primero los arrollamos y después fue la
goleada». La gente nos mira con sorpresa, pero nunca falta
alguno que recoja la lección escondida en estas frases
delicadas. Mi tío el mayor, que lee a los escritores
argentinos, dice que con muchos de ellos se podría hacer algo
parecido, pero nunca nos ha explicado en detalle. Una
lástima.