Los
posatigres
Julio Cortázar
Mucho antes de llevar nuestra idea a la práctica sabíamos que
el posado de los tigres planteaba un doble problema, sentimental
y moral. El primero no se refería tanto al posado como al
tigre mismo, en la medida en que a estos felinos no les agrada
que los posen y acuden a todas sus energías, que son enormes,
para resistirse. ¿Cabía en esas circunstancias arrostrar la
idiosincrasia de dichos animales? Pero la pregunta nos
trasladaba al plano moral, donde toda acción puede ser causa o
efecto de esplendor o de infamia. De noche, en nuestra
casita de la calle Humboldt, meditábamos frente a los tazones de
arroz con leche, olvidados de rociarlos con canela y
azúcar. No estábamos verdaderamente seguros de poder
posar un tigre, y nos dolía.
Se decidió por último que posaríamos uno, al solo efecto de
ver jugar el mecanismo en toda su complejidad, y que más tarde
evaluaríamos los resultados. No hablaré aquí de la
obtención del primer tigre: fue un trabajo sutil y penoso, un
correr por consulados y droguerías, una complicada urdimbre de
billetes, cartas por avión y trabajo de diccionario. Una
noche mis primos llegaron cubiertos de tintura de yodo: era el
éxito. Bebimos tanto nebiolo que mi hermana la menor
acabó destendiendo la mesa con el rastrillo. En esa época
éramos más jóvenes.
Ahora que el experimento ha dado los resultados que conocemos,
puedo facilitar detalles del posado. Quizá lo más
difícil sea todo lo que se refiere al ambiente, pues se requiere
una habitación con el mínimo de muebles, cosa rara en la calle
Humboldt. En el centro se coloca el dispositivo: dos
tablones cruzados, un juego de varillas elásticas y algunas
jarras de barro con leche y agua. Posar el tigre no es
demasiado difícil, aunque puede ocurrir que la operación
fracase y haya que repetirla; la verdadera dificultad empieza en
el momento en que ya posado, el tigre recobra la libertad y opta
-de múltiples maneras posibles- por ejercitarla. En esta
etapa, que llamaré intermedia, las reacciones de mi familia son
fundamentales; todo depende de cómo se conduzcan mis hermanas,
de la habilidad con que mi padre vuelva a posar el tigre,
utilizándolo al máximo como un alfarero su arcilla. La
menor falla sería la catástrofe, los fusibles quemados, la
leche por el suelo, el horror de unos ojos fosforescentes rayando
las tinieblas, los chorros tibios a cada zarpazo; me resisto a
imaginarlo siquiera, puesto que hasta ahora hemos posado el tigre
sin consecuencias peligrosas. Tanto el dispositivo como las
diferentes funciones que debemos desempeñar todos, desde el
tigre hasta mis primos segundos, parecen eficaces y se articulan
armoniosamente. Para nosotros el hecho en sí de posar el
tigre no es importante, sino que la ceremonia se cumpla hasta el
final sin transgresión. Es preciso que el tigre acepte ser
posado, o que lo sea de manera tal que su aceptación o su
rechazo carezcan de importancia. En los instantes que uno
sentiría la tentación de llamar cruciales -quizá por los dos
tablones, quizá por mero lugar común-, la familia se siente
poseída de una exaltación extraordinaria; mi madre no disimula
las lágrimas y mis primas carnales tejen y destejen
convulsivamente los dedos. Posar el tigre tiene algo de
total encuentro, de alineación frente a un absoluto; el
equilibrio depende de tan poco y lo pagamos a un precio tan alto,
que los breves instantes que siguen al posado y que deciden de su
perfección nos arrebatan como de nosotros mismos, arrasan con la
tigredad y la humanidad en un solo movimiento inmóvil que es
vértigo, pausa y arribo. No hay tigre, no hay familia, no
hay posado. Imposible saber lo que hay: un temblor que no
es de esta carne, un tiempo central, una columna de
contacto. Y después salimos todos al patio cubierto, y
nuestras tías traen la sopa como si algo cantara, como si
fuéramos a un bautismo.