Sábado de
Gloria
Mario Benedetti
Desde
antes de despertarme, oí caer la lluvia. Primero pensé que
serían las seis y cuarto de la mañana y debía ir a la oficina
pero había dejado en casa de mi madre los zapatos de goma y
tendría que meter papel de diario en los otros zapatos, los
comunes, porque me pone fuera de mi sentir como la humedad me va
enfriando los pies y los tobillos. Después creí que era domingo
y me podía quedar un rato bajo las frazadas. Eso - la certeza
del feriado - me proporciona siempre un placer infantil. Saber
que puedo disponer del tiempo como si fuera libre, como si no
tuviera que correr dos cuadras, cuatro de cada seis mañanas,
para ganarle al reloj en que debo registrar mi llegada. Saber que
puedo ponerme grave y pensar en temas importantes como la vida,
la muerte, el fútbol y la guerra. Durante la semana no tengo
tiempo. Cuando llego a la oficina me esperan cincuenta o sesenta
asuntos a los que debo convertir en asientos contables,
estamparles el sello de contabilizado en fecha y poner mis
iniciales con tinta verde. A las doce tengo liquidados
aproximadamente la mitad y corro cuatro cuadras para poder
introducirme en la plataforma del ómnibus. Si no corro esas
cuadras vengo colgado y me da nausea pasar tan cerca de los
tranvías. En realidad no es nausea sino miedo, un miedo
horroroso.
Eso no significa que piense en la muerte sino que me da asco
imaginarme con la cabeza rota o despanzurrado en medio de
doscientos preocupados curiosos que se empinaran para verme y
contarlo todo, al día siguiente, mientras saborean el postre en
el almuerzo familiar. Un almuerzo familiar semejante al que
liquido en veinticinco minutos, completamente solo, porque Gloria
se va media hora antes a la tienda y me deja todo listo en cuatro
viandas sobre el primus a fuego lento, de manera que no tengo mas
que lavarme las manos y tragar la sopa, la milanesa, la tortilla
y la compota, echarle un vistazo al diario y lanzarme otra vez a
la caza del ómnibus. Cuando llego a las dos, escrituro las
veinte o treinta operaciones que quedaron pendientes y a eso de
las cinco acudo con mi libreta al timbrazo puntual del
vicepresidente que me dicta las cinco o seis cartas de rigor que
debo entregar, antes de las siete, traducidas al ingles o al
alemán.
Dos veces por semana, Gloria me espera a la salida para
divertirnos en un cine donde ella llora copiosamente y yo estrujo
el sombrero o mastico el programa. Los otros días ella va a ver
a su madre y yo atiendo la contabilidad de dos panaderías, cuyos
propietarios - dos gallegos y un mallorquín - ganan lo
suficiente fabricando bizcochos con huevos podridos, pero mas
aún regentando las amuebladas mas concurridas de la zona sur. De
modo que cuando regreso a casa, ella esta durmiendo o - cuando
volvemos juntos - cenamos y nos acostamos en seguida, cansados
como animales. Muy pocas noches nos queda cuerda para el consumo
conyugal, y así, sin leer un solo libro, sin comentar siquiera
las discusiones entre mis compañeros o las brutalidades de su
jefe, que se llama así mismo un pan de Dios y al que ellos
denominan pan duro, sin decirnos a veces buenas noches, nos
quedamos dormidos sin apagar la luz, porque ella quería leer el
crimen y yo la página de deportes.
Los comentarios quedan para un sábado como este. (Porque en
realidad era un sábado, el final de una siesta de sábado.) Yo
me levanto a las tres y media y preparo el te con leche y lo
traigo a la cama y ella se despierta entonces y pasa revista a la
rutina semanal y pone al día mis calcetines antes de levantarse
a las cinco menos cuarto para escuchar la hora del bolero. Sin
embargo, este sábado no hubiera sido de comentarios, porque
anoche después del cine me excedí en el elogio de Margaret
Sullavan y ella sin titubear, se puso a pellizcarme y, como yo
seguía inmutable, me agredió con algo mas temible y solapado
como la descripción simpática de un compañero de la tienda, y
es una trampa, claro, porque la actriz es una imagen y el tipo
ese todo un baboso de carne y hueso. Por esa estupidez nos
acostamos sin hablarnos y esperamos una media hora con la luz
apagada, a ver si el otro iniciaba el tramite reconciliatorio. Yo
no tenia inconveniente en ser el primero, como en tantas otras
veces, pero el sueño empezó antes de que terminara el simulacro
de odio y la paz fue postergada para hoy, para el espacio blanco
de esta siesta.
Por eso, cuando vi que llovía, pense que era mejor, porque la
inclemencia exterior reforzaría automáticamente nuestra
intimidad y ninguno de los dos iba a ser tan idiota como para
pasar de trompa y en silencio una tarde lluviosa de sábado que
necesariamente deberíamos compartir en un departamento de dos
habitaciones, donde la soledad virtualmente no existe y todo se
reduce a vivir frente a frente. Ella se despertó con quejidos,
pero yo no pense nada malo. Siempre se queja al despertarse.
Pero cuando se despertó del todo e investigue en su rostro, la
note verdaderamente mal, con el sufrimiento patente en las
ojeras. No me acordé entonces de que no nos hablábamos y le
pregunté que le pasaba. Le dolía en el costado. Le dolía muy
fuerte y estaba asustada.
Le dije que iba a llamar a la doctora y ella dijo que si, que la
llamara en seguida. Trataba de sonreír pero tenia los ojos tan
hundidos, que yo vacilaba entre quedarme con ella o ir a hablar
por teléfono. Después pense que si no iba se asustaría mas y
entonces baje y llame a la doctora.
El tipo que atendió dijo que no estaba en casa. No se por que se
me ocurrió que mentía y le dije que no era cierto, porque yo la
había visto entrar. Entonces me dijo que esperara un instante y
al cabo de cinco minutos volvía al aparato e inventó que yo
tenia suerte, porque en este momento había llegado. Le dije mire
que bien y le hice anotar la dirección y la urgencia.
Cuando regrese, Gloria estaba mareada y aquello le dolía mucho
mas. Yo no sabia que hacer. Le puse una bolsa de agua caliente y
después una bolsa de hielo. Nada la calmaba y le dí una
aspirina. A las seis la doctora no había llegado y yo estaba
demasiado nervioso como para poder alentar a nadie. Le conté
tres o cuatro anécdotas que querían ser alegres, pero cuando
ella sonreía con una mueca me daba bastante rabia porque
comprendía que no quería desanimarme. Tome un vaso de leche y
nada mas, porque sentía una bola en el estomago. A las seis y
media vino al fin la doctora. Es una vaca enorme, demasiado
grande para nuestro departamento. Tuvo dos o tres risitas
estimulantes y después se puso a apretarle la barriga. Le
clavaba los dedos y luego soltaba de golpe. Gloria se mordía los
labios y decía si, que ahí le dolía, y allí un poco mas, y
allá mas aun. Siempre le dolía mas.
La vaca aquella seguía clavándole los dedos y soltando de
golpe. Cuando se enderezo tenia ojos de susto ella también y
pidió alcohol para desinfectarse. En el corredor me dijo que era
peritonitis y que había que operar de inmediato. Le confesé que
estabamos en una mutualista y ella me aseguro que iba a hablar
con el cirujano.
Bajé con ella y telefoneé a la parada de taxis y a la madre.
Subí por la escalera porque en el sexto piso habían dejado
abierto el ascensor. Gloria estaba hecha un ovillo y, aunque
tenía los ojos secos, yo sabía que lloraba. Hice que se pusiera
mi sobretodo y mi bufanda y eso me trajo el recuerdo de un
domingo en que se vistió de pantalones y campera, y nos reíamos
de su trasero saliente, de sus caderas poco masculinas.
Pero ahora ella con mi ropa era sólo una parodia de esa tarde y
había que irse en seguida y no pensar. Cuando salíamos llego su
madre y dijo pobrecita y abrígate por Dios. Entonces ella
pareció comprender que había que ser fuerte y se resigno a esa
fortaleza. En el taxi hizo unas cuantas bromas sobre la licencia
obligada que le darían en la tienda y que yo no iba a tener
calcetines para el lunes y, como la madre era virtualmente un
manantial, ella le dijo si se creía que esto era un episodio de
radio. Yo sabía que cada vez le dolía mas fuerte y ella sabía
que yo sabía y se apretaba contra mi. Cuando la bajamos en el
sanatorio no tuvo mas remedio que quejarse. La dejamos en una
salita y al rato vino el cirujano. Era un tipo alto, de mirada
distraída y bondadosa. Llevaba el guardapolvo desabrochado y
bastante sucio. Ordeno que saliéramos y cerró la puerta. La
madre se sentó en una silla baja y lloraba cada vez mas. Yo me
puse a mirar la calle;
ahora no llovía. Ni siquiera tenía el consuelo de fumar. Ya en
la época de liceo era el único entre treinta y ocho que no
había probado nunca un cigarrillo. Fue en la época de liceo que
conocí a Gloria y ella tenía trenzas negras y no podía pasar
cosmografía. Había dos modos de trabar relación con ella. O
enseñarle cosmografía o aprenderla juntos. Lo ultimo era lo
apropiado y, claro, ambos la aprendimos.
Entonces salió el medico y me preguntó si yo era el hermano o
el marido. Yo dije que el marido y el tosió como un asmático.
"No es peritonitis", dijo, "la doctora esa es una
burra". "Ah", "Es otra cosa. Mañana lo
sabremos mejor." Mañana. Es decir que. "Lo sabremos
mejor si pasa esta noche. Si la operábamos, se acaba. Es
bastante grave pero si pasa hoy, creo que se salva". Le
agradecí - no se que le agradecí - y el agregó: " La
reglamentación no lo permite, pero esta noche puede
acompañarla."
Primero paso una enfermera con mi sobretodo y mi bufanda.
Después paso ella en una camilla, con los ojos cerrados,
inconsciente.
A las ocho pude entrar en la salita individual donde habían
puesto a Gloria. Además de la cama había una silla y una mesa.
Me senté a horcajadas sobre la silla y apoyé los codos en el
respaldo. Sentía un dolor nervioso en los párpados, como si
tuviera los ojos excesivamente abiertos. No podía dejar de
mirarla. La sabana continuaba en la palidez de su rostro y la
frente estaba brillante, cerosa. Era una delicia sentirla
respirar, aun así con los ojos cerrados. Me hacia la ilusión de
que no me hablaba sólo porque a mi me gustaba Margaret Sullavan,
de que yo no le hablaba porque su compañero esa simpático.
Pero, en el fondo, yo sabía la verdad y me sentía como en el
aire, como si este insomnio fuera una lamentable irrealidad que
me exigía esta tensión momentánea, una tensión que de un
momento a otro iba a terminar.
Cada eternidad sonaba a lo lejos un reloj y había transcurrido
solamente una hora. Una vez me levante y salí al corredor y
camine unos pasos. Me salió un tipo al encuentro, mordiendo un
cigarrillo y preguntándome con un rostro gesticuloso y radiante
"Así que usted también esta de espera?" Le dije que
si, que también esperaba. "Es el primero", agrego,
"parece que da trabajo". Entonces sentí que me
aflojaba y entre otra vez en la
salita a sentarme a horcajadas en la silla. Empece a contar las
baldosas y a jugar juegos de superstición, haciéndome trampas.
Calculaba a ojo el numero de baldosas que había en una hilera y
luego me decía que si era impar se salvaba. Y era impar.
También se salvaba si sonaban las campanadas del reloj antes de
que contara diez. Y el reloj sonaba al contar cinco o seis. De
pronto me hallé pensando: "Si pasa de hoy ..." y me
entró el pánico. Era preciso asegurar el futuro, imaginarlo a
todo trance. Era preciso fabricar un futuro para arrancarla de
esta muerte en cierne. Y me puse a pensar que en la licencia
anual iríamos a Floresta, que el domingo próximo - porque era
necesario crear un futuro bien cercano - iríamos a cenar con mi
hermano y su mujer y nos reiríamos con ellos del susto de mi
suegra, que yo haría publica mi ruptura formal con Margaret
Sullavan, que Gloria y yo tendríamos un hijo, dos hijos, cuatro
hijos y cada vez yo me pondría a esperar impaciente en el
corredor.
Entonces entró una enfermera y me hizo salir para darle una
inyección. Después volví y seguí formulando ese futuro
fácil, transparente. Pero ella sacudió la cabeza, murmuró algo
y nada mas. Entonces todo el presente era ella luchando por
vivir, sólo ella y yo y la amenaza de la muerte, sólo yo
pendiente de las aletas de su nariz que benditamente se abrían y
se cerraban, sólo esta salita y el reloj sonando.
Entonces extraje la libreta y empecé a escribir esto, para
leérselo a ella cuando estuviéramos otra vez en casa, para
leérmelo a mi cuando estuviéramos otra vez en casa. Otra vez en
casa. Que bien sonaba. Y sin embargo parecía lejano, tan lejano
como la primera mujer cuando uno tiene once años, como el
reumatismo cuando uno tiene veinte, como la muerte cuando sólo
era ayer. De pronto me distraje y pensé en los partidos de hoy,
en si los habrían suspendido por la lluvia, en el juez inglés
que debutaba en el Estadio, en los asientos contables que
escrituré esta mañana. Pero cuando ella volvió a penetrar por
mis ojos, con la frente brillante y cerosa, con la boca seca
masticando su fiebre, me sentí profundamente ajeno en ese
sábado que habría sido el mío.
Eran las once y media y me acordé de Dios, de mi antigua
esperanza de que acaso existiera. No quise rezar, por estricta
honradez. Se reza ante aquello en que se cree verdaderamente. Yo
no puedo creer verdaderamente en el. Sólo tengo la esperanza de
que exista. Después me di cuenta de que yo no rezaba solo para
ver si mi honradez lo conmovía. Y entonces recé. Una oración
aplastante, llena de escrúpulos, brutal, una oración como para
que no quedasen dudas de que yo no quería no podía adularlo,
una oración a mano armada. Escuchaba mi propio balbuceo mental,
pero escuchaba sólo la respiración de Gloria, difícil,
afanosa. Otra eternidad y sonaron las doce. Si pasa de hoy. Y
había pasado. Definitivamente había pasado y seguía respirando
y me dormí. No soñé nada.
Alguien me sacudió el brazo y eran las cuatro y diez. Ella no
estaba. Entonces el médico entró y le preguntó a la enfermera
si me lo había dicho. Yo grite que sí, que me lo había dicho -
aunque no era cierto - y que el era un animal, un bruto más
bruto aún que la doctora, porque había dicho que si pasaba de
hoy, y sin embargo. Le grité, creo que hasta lo escupí
frenético, y él me miraba bondadoso, odiosamente comprensivo, y
yo sabía que no tenía razón, porque el culpable era yo por
haberme dormido, por haberla dejado sin mi única mirada, sin su
futuro imaginado por mí, sin mi oración hiriente, castigada.
Y entonces pedí que me dijeran en donde podía verla. Me
sostenía una insulsa curiosidad por verla desaparecer,
llevándose consigo todos mis hijos, todos mis feriados, toda mi
apática ternura hacia Dios.